En la proclama que firmo en Pisco, el 8 de septiembre de
1820, San Martin decía a los soldados de su Ejército Libertador:
“Ya hemos llegado al lugar de nuestro destino, y solo falta
que el valor realice la obra de la constancia; pero recuerden que nuestro gran
deber es consolar a la América, y que no venimos a hacer conquista, sino a
libertar a los pueblos que han gemido trescientos años el bárbaro derecho. Los
peruanos son nuestros hermanos y amigos; ábranselos como a tales y respeten a
los chilenos después de la batalla de Chacabuco”.
“La ferocidad y la
violencia son crímenes que no conocen los soldados de la libertad; y si, contra
todas mis esperanzas, alguno de nuestros olvidase sus deberes declaro desde
ahora que será inexorablemente castigado conforme a los siguientes artículos:
1.
Todo el que robe o que tome por violencia el dinero o las propiedades del
enemigo será pasado por las armas.
2.
Todo el que derrame una sola gota
de sangre fuera del campo de batalla, será castigado con la pena del
talión: ojo por ojo, diente por diente.
3.
Todo insulto contra los habitantes del país, sean europeos o americanos,
será castigado hasta con la pena de la vida, según la gravedad de las
circunstancias.
4.
Todo exceso que ataque la moral pública o las costumbres del país será
castigado en los mismos términos que
previene el artículo anterior “.
“¡Soldados: Recuerden que toda América
nos contempla en el momento actual, y que sus grandes esperanzas penden de que
acrediten la humanidad , el coraje y el honor que nos ha distinguido siempre,
donde quiera que los oprimidos han implorado nuestro auxilio contra los
opresores. El mundo envidiara nuestro destino si observan la misma conducta que
hasta aquí; pero desgraciado el que quebrante sus deberes y sirva de escándalo
a sus compañeros de armas! Yo lo
castigare de un modo terrible y desparecerá de entre nosotros con oprobio e ignominia.”
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